Mes: agosto 2020

  • Anhelos

    Anhelos

    Quisiera un punto en el tiempo
    al que volver, sin prisa
    al que volver de prisa
    quisiera un punto en el tiempo

    donde el olvido haga eco
    de las cosas que recuerdo
    y que me traiga a mi piel
    los sentimientos olvidados

    Quisiera, quisiera…
    tan magnífica esa palabra
    que encierra los anhelos,
    las nostalgias y esperanzas

    de tiempos que se van
    de tiempos que no vuelven
    pero que el recuerdo
    no puede evitar perpetuar

  • Nostalgia en la tarde

    Nostalgia en la tarde

    Podría recordar esa tarde una y otra vez, y el resultado sería el mismo. Aunque pueda parecer imposible enamorarse constantemente en un recuerdo, es lo que pasa en cada rincón de mí al verla sentada a contraluz, el sol jugando junto al viento con su pelo; su mirada enfocada en los apuntes la abstrae quizás tanto como yo lo hice en todo el tiempo que compartimos. Sus labios inmóviles tienen sed, lo sé porque los míos tienen sed de los suyos, y siempre la tendrán. Me hace alguna pregunta, que el azar decidió que no recuerde cuál era, o quizás mi memoria prefirió guardar más las imágenes que los sonidos; y sonríe, ah… cuando sonríe me llena de alegría, más allá de que sé que detrás de esa sonrisa algo faltará -o ella-, pero el tiempo redujo esa pérdida. Un simple momento (simple, pero como todo lo simple muchas veces es más determinante que todo lo demás) en el que me di cuenta de que podría enamorarme, o de que ya la amaba; existe una línea muy delgada en la cual me descubro con la duda o certeza. Con el tiempo descubrí que esa distancia sería la menor que habría entre nosotros, aunque estábamos sentados uno en frente del otro, aunque mi mano podría acariciar su rostro con solo querer hacerlo; o agarrar la mano que se extendía ante mí, y si bien lo hice una vez, desearía no haberlo hecho. Realmente estuvimos muy cerca, tanto que eso no era extraño para nadie que nos conociera, tanto que era raro que uno no llamara al otro con su presencia. Pero en realidad esa distancia siempre existió, más allá de que sus palabras dijeran lo contrario, aunque sé que eran sinceras, la que amaba no era la que estaba esa tarde conmigo, sino aquella a la cual veía de lejos, con esa forma de ser que por alguna manera se suprimía a mi lado, quizás solo por verla más de cerca; y porque sabía que así lo hacía, que la miraba y la escuchaba con tanta atención que le demostraba que era importante para mí, y ella también lo hizo. Pero quizás en algún lugar está escrito en piedra que nada puede durar para siempre, y si pudiera me gustaría poder ir a darle de martillazos, claro está que no existía una excepción en este caso. El perder el lugar común que nos reunía cada día, que muchas veces servía solo para eso, o por lo menos tomaba un rol tan secundario como el suelo que se pisa, al que pocas veces se le da la importancia que realmente tiene; fue lo que dio la estocada final a la rutina de los abrazos. Quizás fue esa cercanía la que de poco nos fue alejando, más allá de que haya buscado la forma de ir acomodando las distancias y que ella respondiera a mí llamado; el tiempo se encargó de ir borrando los disfraces en los que la envolví. Una amargura de temer perder aquello que nunca se tuvo, pero sin embargo estuvo ahí.

    Me queda lo dulce de su recuerdo, una memoria tan simple y completa en un momento demasiado cercano a la perfección, que ahora que el amor se ausentó, y que mis otros proyectos amorosos se marchitaron (si se puede esquematizar al amor), puedo escribir sin tener el corazón tan hinchado de emoción, por lo menos por un rato, quizás hasta que doble la esquina.

  • Pasiones marchitas

    Pasiones marchitas

    Cuánto daño puede hacernos el tener pasiones marchitas, qué miedos pueden arrebatarnos las energías de pasar nuevamente por aquello que nos llenaba tanto, eso que podía modificar todo ese presente extinto, para hacerlo posible. ¿Fueron acaso tantas las piedras en el camino? ¿Acaso las decepciones fueron rompiendo la convicción de que fueran posibles? ¿Fracasos quizás? Puede que la suma de todo eso, o quizás solo uno, fuera necesario para que de una forma arbitraria, diéramos vuelta la página, cerráramos el libro, y lo dejemos empolvar en los estantes inalcanzables de nuestra memoria. Sabemos que están ahí, pero no nos atrevemos a revisarlos, ni siquiera cuando necesitamos hacer uso de ellos, ni siquiera cuando los usamos sin darnos cuenta; haciendo una pequeña trampa al consciente.

    Puede que sea así o puede que esas cosas en realidad no existan ya en nosotros, pero siempre quedarán restos de lo que nos movió en algún momento.

    En mi caso limité muchas veces, como si eso de alguna forma pusiera punto final, el tiempo en el que dibujé, “de tal año a tal año dibujé”, muchas veces me encontré diciendo eso, convencido de que es algo que quedó en el pasado, porque ahora estoy en otra etapa, por así decirlo; pero cuando estaba en ese período limitado de años, también escribía, como algo accesorio, algo que hacía por hacer. No sé en qué punto tuvo que ser un cambio tan radical, para dejar del todo una cosa y pasar a la otra, como una especie de relevo, en el cual no se puede ver atrás. Lo cierto es que conservé la mayoría de las cosas que usaba para dibujar, tengo resmas de hojas que tiene más de ocho años guardadas, lápices nuevos y demás; que podría tener en otro lugar, pero que si me estiro los puedo agarrar. Claro, son útiles para otras cosa más allá del dibujo, pero nunca los usé para otra cosa realmente, tengo hasta más lejos lapiceras y portaminas, y si necesito escribir algo a mano, voy por ellos en lugar de los que tengo más cerca. Eso es porque quedó en mí el uso que debe ser dado en ellos.

    Llegó el momento en el que quise poner una imagen en un escrito, y eso liberó las cadenas inconscientes sobre las cuales dejé esa antigua pasión. Sin embargo, eso no cambia que ya es algo meramente complementario a lo que hago ahora, pero por lo menos no está descartado el que pueda usar algo a lo que le dediqué tantos años.

    Quizás el peor miedo que se puede tener sobre algo así, es el de ver que no se puede hacer como se hacía antes, o que realmente no se es “bueno” en eso; pero lo cierto es que no hay que ser bueno para hacer algo, simplemente hay que hacerlo y quizás salga mejor de lo que pensamos. Y si no es así, siempre se puede volver a aprender.

    Los únicos sueños que mueren, son aquellos a los que no se los alimenta, y no hay que confundirse, pensando que los sueños tienen que ser magnánimos ni definitivos; no tienen que ser tampoco definitorios de nuestra vida. Simplemente estar con nosotros en el camino, y eso ya es mucho. Así que si no murieron, si están latentes en alguna parte, marchitos, hambrientos; quizás pasar por ellos nos de algo maravilloso.

  • La campana

    Mis padres se divorciaron, y nos fuimos con mamá a vivir en casa de la abuela. Trabajaba casi todo el día desde temprano, por lo que quedaría con ella la mayor parte del tiempo, excepto el que pasaba en el colegio. No la visitábamos muy seguido, solo para las ocasiones especiales como navidad o su cumpleaños, y alguna que otra vez que pedía que la vayamos a ver, aunque la mayoría de las veces mamá ponía excusas para no ir.

    Pasé toda la tarde acomodando las cosas y cuando se hizo de noche preferí irme a dormir temprano porque tenía que ir al colegio al otro día. Me desperté asustada y sentí que abuela me tomaba del hombro y me susurraba cosas al oído. Esa mano que me apretaba fuerte me había hecho tener una pesadilla en la que una sombra deslizaba su mano desde el hombro hasta mi pecho, y lo presionaba con fuerza, luego me comprimía tanto que me dolía todo el cuerpo. No entendía lo que me estaba diciendo porque hablaba muy bajo, y le pregunté qué era lo que quería, pero no respondió; solo se incorporó y sonrió. Se quedó inmóvil viéndome un momento y se fue caminando despacio, al salir cerró la puerta. No pude dormirme, no quería despertar a mamá porque tenía que entrar a trabajar en unas horas y después de todo pensé que sería sonámbula, mañana le preguntaría bien. Volví a dormir luego de estar un rato mirando el celular buscando cosas sobre el sonambulismo.

    Más tarde esa misma noche me despertó el sonido de una campana de cristal, antes cuando veníamos a visitarla recuerdo que esa campana siempre estaba guardada en un cajón con llave, una vez la pude ver porque estaba abierto, pero abuela lo cerró con fuerza, mientras todavía tenía mi mano en él; los dedos me cosquillearon ante el recuerdo. No pude volver a dormir, escuchaba pasos que iban y venían frente a la puerta, ya eran las cinco de la mañana, por lo que mamá ya se había ido al trabajo, así que tendría que ser la abuela, seguro que era sonámbula; algo también decía, pero nuevamente no lograba entender qué era. Pensé en levantarme, pero preferí quedarme en la cama.

    Cuando sonó la alarma, aunque ya estaba despierta hace rato, me puse el uniforme prolijamente acomodado en una silla en el frente de mi cama, bajé a la cocina donde me esperaba el desayuno. La abuela estaba sentada de espaldas y cuando me escuchó llegar, me acercó la taza con té y se dio la vuelta enseñándome una enorme sonrisa. Un rojo profundo contrastaba con la taza de una porcelana que rara vez se le daría a una niña, pero supongo que por eso mismo había una suerte de licencia al ser todas mujeres en la casa. Abuelo había muerto antes de que yo naciera, por lo que nunca lo conocí. Esa mañana hablamos muy bien. La forma en la que me sonreía me daba mucha tranquilidad en mi mundo que se desmoronaba sin siquiera saberlo.

    —Abuela, el té está fuerte…

    —El té se toma así Rosario, no es esa porquería industrial que tomaste seguramente antes. ¿No te acordás que ya te lo había hecho probar a este que es de las hebras del té?

    —No, seguro que era mucho más chica, antes de que me pueda acordar de esas cosas.

    —Sí Rosario, eras mucho más chica, pero esas cosas no podés olvidarte, porque sino le haces daño a la abuela -y me agarró de la mano que tenía sobre la mesa, lo hizo de una manera tan firme que el dolor de cuando me cerró el cajón volvió como si fuera él el que me la apretara- ¿vos no querés hacerle daño a la abuela, verdad?

    —No abuela, está rico lo mismo -y tiré de mi mano.

    Su sonrisa antes abundante se fue con la misma rapidez que con la que yo le retiré la mano. Se levantó de la silla que estaba prácticamente a la par mía, y se puso a ordenar la alacena.

    —Bueno Rosario… ¡ay Rosario…! Mañana te haré café con leche que sé que te gusta, pero es una lástima que no tomes el té que abuela te hace con amor…

    Me quedé en silencio un rato, y quizás fue por eso que recuerdo con total nitidez cada momento de esa mañana.

    —Estás segura Rosario, ¿no querés ser una señorita educada con gustos refinados a diferencia de la mayoría? Abuela te puede enseñar muchas cosas…

    —Bueno abu, lo pruebo unos días, ¿sí?

    —¡Ay! Que inteligente y bonita que es mi nieta. –y la sonrisa volvió a su rostro y la arrebató del mío, porque me agarró de un cachete y me lo presionó con fuerza.

    A la tarde mamá llegó y se fue a dormir directamente, no pude hablar con ella porque se encerró en su habitación y me dijo tras la puerta que hablaríamos mañana, que había tenido un mal día en el trabajo.

    Esa noche tuve la misma pesadilla, pero al despertar no estaba abuela a mí lado, lo que me despertó fue el sonido de la campaña de cristal que venía desde su habitación. La puerta estaba entreabierta, el uniforme que había dejado sobre la silla, había desaparecido, solo estaba el respaldo que miraba hacía mi cama, al revés de como lo había dejado, como si alguien hubiera estado sentado mirándome mientras dormía. Me levanté despacio, no era invierno todavía, pero el piso parecía más frío que de costumbre; una extraña sensación me hizo saltar a la cama, pero no había sentido nada realmente, solo era una desconfianza a caminar a la par en la habitación toda oscura. Me volví para encender la lámpara que tenía en la mesa de luz, pero no lo hacía; agarré entonces el celular para usarlo de linterna y al darme vuelta algo estaba en la silla, y no podía definir qué era, algo que contrastaba demasiado con la habitación que si bien estaba sin luz, no estaba oscura del todo. Me apresuré a desbloquearlo y se me cayó a la cama de lo nerviosa que estaba, al agarrarlo mis dedos dolieron otra vez, y lo solté de nuevo al no poder hacer fuerza con la mano. La linterna se activó de todas formas y al iluminar un poco pude ver que abuela salía de la pieza lentamente. Tomé el celular sin importarme el dolor y llamé a mamá y le conté lo que sucedió, le pedí que me viniera a buscar, pero no había respuesta del otro lado.

    —¡¿Mamá estás ahí?! -quería gritar, pero solo podía dejar salir una voz a la que solo podía seguir el llanto.

    —…

    —… Necesito que vengas, mamá… No quiero salir de la cama, pero tampoco quiero quedarme aquí…

    —Yo… mmm…

    Y sonó nuevamente la campana de cristal, pero a mi lado, en el vacío. Escuché mucho ruido en la llamada.

    —¡¿Mamá…?! Necesito que vengas… -y no pude contener más las ganas de llorar.

    —… Voy para ahí, se me había caído el celular… -y cortó.

    ¿Cuánto tiempo había pasado? solo pude notar como el día iba dejando entrar la luz de a poco en la habitación, las cosas que había tardado toda la tarde en ordenar, estaban la mayoría en el suelo, los cajones abiertos con la ropa colgando de ellos. Los espejos apuntaban hacia mi cama, al igual que la otra silla que estaba en la mesa que iba a usar para estudiar, los cuadernos abiertos con algo que parecían garabatos escritos en ellos.

    El celular se había quedado sin carga, la linterna activa todo el tiempo no era algo que prolonga su uso. Motivada por la luz del día y por el silencio había en la casa, me levanté y me puse el uniforme del colegio. Bajé descalza porque los zapatos y zapatillas estaban bajo la cama y dentro del ropero, y no tenía la menor intención de acercarme a ninguno de ellos. Corrí por el pasillo pasando por frente de la puerta de la pieza de abuela que estaba cerrada, y pude escuchar el sonido de la campana una vez más, mientras bajaba por las escaleras. La puerta de la calle estaba abierta, nunca me alegré tanto de ver una puerta abierta en mi vida, corrí hacia ella, pero una mano me agarró de hombro y solo pude gritar y cerrar los ojos. Intenté soltarme, pero los brazos me envolvían con fuerza y una voz que escuchaba a lo lejos me llamaba. Poco a poco se fue aclarando y dándome la tranquilidad de un calor conocido. Otra mano se apoyó en mi cabeza y la sentí también cálida. Al abrir los ojos era mamá la que me sostenía y papá me acariciaba. Se escuchó la campana por última vez, y pude sentir como mamá temblaba y la apreté con fuerzas. Me llevaron afuera y subí al auto, mamá se quedó conmigo. Papá subió las escaleras, en lo que mamá intentaba contener las lágrimas.

    —¿Qué pasa mamá?¿qué pasa con la abuela?

    —Nada Rosi, abuela quizás no esté muy bien, pero vos no te preocupes por eso.

    Papá salió rápido, metió su mano de igual forma en el pantalón para sacar su celular. Se le cayó dos veces en lo que intentaba usarlo, casi se le cae la tercera, pero lo atrapó en el aire, dejando caer en su lugar la campana, que se rompió al chocar con el piso. Mamá dejó de temblar y la pude ver sonreír por el espejo retrovisor. Escuche a papá hacer unas llamadas, después se sentó en el marco de la puerta a esperar a la ambulancia y a la policía.

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