Mes: noviembre 2020

  • Lombrices nocturnas

    Un quejido lo despierta en el medio de la noche, revisa a los pies de su cama en busca de Javo, su perro bull terrier. Le sorprende que no esté; el quejido se escucha nuevamente, ¿estará acaso teniendo una pesadilla en otro lugar?, piensa mientras sale de la cama. Al tocar el suelo, su pie resbala con algo viscoso que lo hace caer sentado, siente como eso se desliza entre los dedos, rápido sacude el pie intentando quitárselo teniendo parcialmente éxito. Se estira y prende la lámpara que está a la par de la cama, en su camino tira las cosas sobre la mesa de noche. La luz le revela algunas lombrices que todavía reptan en su pie, las agarra como puede, ya que se le resbalan, y las tira lo más lejos posible, algunas se estrellan contra la pared, quedando inmóviles en el acto, fundiéndose con las sombras de la habitación parcialmente iluminada. En el suelo quedan muchas más, mezcladas con un poco de tierra, eso le dejó el pie lleno de barro, su piel se eriza al sentir la viscosidad con la que quedó impregnado.

    El quejido se oye otra vez, ahora lo escucha bien, viene del patio. Se levanta esquivando los terrones de tierra que hacen un camino hasta su cama, puede verla también con tierra, mucha más de la que había antes, ¿eso acaso era posible?, en su mente existía esa preocupación, pero más le preocupaba Javo, quizás se haya comido las lombrices, y trajo la tierra desde el patio. Por lo menos la tierra parecía tener ese origen, como siguiendo un rastro, sigue la tierra hasta la puerta que da afuera. La encuentra abierta, llegando puede notar tonos rojizos entre el suelo y las baldosas blancas, un barro negro en donde las lombrices parecían nadar se formaba bajo el marco de la puerta, también manchada con un rojo que le hacía querer volver a su cama. Las lombrices no parecían tan malas de repente. Al acercarse hasta la llave de la luz exterior, oye un sonido que viene desde el pasto, los quejidos son más tenues esta vez. Presiona el interruptor y lo sorprende lo grotesco, a unos metros de él, donde comienza el jardín, Javo se encuentra clavado a la tierra mediante cuchillos. Su tórax abierto le permite ver los órganos internos todavía palpitantes, algunas lombrices se arrastran dentro de él. Sus rodillas se entierran en el suelo, no le importa ya la mancha negra que lo cubre, negra o carmesí, le da lo mismo. Como si notara su presencia, Javo mueve un poco la cola, o lo que era el resto de una cola sin piel. Se arrastra hacia él, como imitando a las lombrices, pero no puede llegar a tocarlo, no sabe dónde; sus manos temblorosas se detienen a centímetros, el corazón todavía le palpita, puede verlo contraerse, aunque pareciera algo imposible. No hay nada que pueda hacer en ese punto, toma un chuchillo que está clavado a la par de la cabeza, que solo agarra parte del collar; duda un momento, pero está determinado, y lo presiona contra su pecho, atravesándole el corazón; hubiera preferido clavárselo a él mismo. Javo queda inmóvil al fin, no hubo más quejidos desde él estuvo a su lado. Las lombrices empiezan a treparle los pies descalzos, no le importa, en ese momento no le importa nada en realidad, busca en el bolsillo su celular para llamar a su hermana, en la pantalla antes de desbloquearlo mira que tiene un correo, es de su misma cuenta, las palabras «ten cuidado con lo que haces» son lo único que está escrito. Algo lo agarra de la pierna, los dedos le punzan como si fueran atravesados, y todo se vuelve negro.

    Abre los ojos, mira el techo de su dormitorio, lo nota girar un poco; pero no puede prestarle mucha atención ya que el dolor vuelve a su pie. Siente como es tironeado, como sus dedos son rasgados. Grita, claro que grita, con la mayor fuerza que gritó en su vida; aquello lo suelta y se aleja. La habitación oscura oculta una sombra a los pies de la cama, se estira a la mesa de noche, las cosas caen de nuevo antes de que logre llegar al interruptor. La luz no es suficiente lo mismo, el brillo de unos ojos rompen la oscuridad en la que algo se esconde; se acerca despacio, hace un quejido que le suena a dientes filosos, le suena a hambre. Su voz temblorosa suelta una sola palabra, o una pregunta que ya conoce su respuesta: «¿Javo…?». El perro gruñe mientras se acerca a la luz, es cauteloso, como si la luz le lastimara, como si le lastimara más la mirada de su dueño, pero avanza. La lengua le gotea, su estómago se encoge. Está vacío. Él solo quiere comer, pero no hay comida en su plato hace días, no están los pedazos de carne cruda que siempre le dan. El dueño duerme hace mucho, esa persona viene, le habla al oído mientras le inyecta algo cuando está por despertarse; y luego se va, pero no deja comida para él.

    El aroma que desprenden los dedos de su dueño lo hipnotiza, primero los lamió para despertarle, después notó que tenían un sabor familiar.

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