Etiqueta: Cuento

  • Lombrices nocturnas

    Un quejido lo despierta en el medio de la noche, revisa a los pies de su cama en busca de Javo, su perro bull terrier. Le sorprende que no esté; el quejido se escucha nuevamente, ¿estará acaso teniendo una pesadilla en otro lugar?, piensa mientras sale de la cama. Al tocar el suelo, su pie resbala con algo viscoso que lo hace caer sentado, siente como eso se desliza entre los dedos, rápido sacude el pie intentando quitárselo teniendo parcialmente éxito. Se estira y prende la lámpara que está a la par de la cama, en su camino tira las cosas sobre la mesa de noche. La luz le revela algunas lombrices que todavía reptan en su pie, las agarra como puede, ya que se le resbalan, y las tira lo más lejos posible, algunas se estrellan contra la pared, quedando inmóviles en el acto, fundiéndose con las sombras de la habitación parcialmente iluminada. En el suelo quedan muchas más, mezcladas con un poco de tierra, eso le dejó el pie lleno de barro, su piel se eriza al sentir la viscosidad con la que quedó impregnado.

    El quejido se oye otra vez, ahora lo escucha bien, viene del patio. Se levanta esquivando los terrones de tierra que hacen un camino hasta su cama, puede verla también con tierra, mucha más de la que había antes, ¿eso acaso era posible?, en su mente existía esa preocupación, pero más le preocupaba Javo, quizás se haya comido las lombrices, y trajo la tierra desde el patio. Por lo menos la tierra parecía tener ese origen, como siguiendo un rastro, sigue la tierra hasta la puerta que da afuera. La encuentra abierta, llegando puede notar tonos rojizos entre el suelo y las baldosas blancas, un barro negro en donde las lombrices parecían nadar se formaba bajo el marco de la puerta, también manchada con un rojo que le hacía querer volver a su cama. Las lombrices no parecían tan malas de repente. Al acercarse hasta la llave de la luz exterior, oye un sonido que viene desde el pasto, los quejidos son más tenues esta vez. Presiona el interruptor y lo sorprende lo grotesco, a unos metros de él, donde comienza el jardín, Javo se encuentra clavado a la tierra mediante cuchillos. Su tórax abierto le permite ver los órganos internos todavía palpitantes, algunas lombrices se arrastran dentro de él. Sus rodillas se entierran en el suelo, no le importa ya la mancha negra que lo cubre, negra o carmesí, le da lo mismo. Como si notara su presencia, Javo mueve un poco la cola, o lo que era el resto de una cola sin piel. Se arrastra hacia él, como imitando a las lombrices, pero no puede llegar a tocarlo, no sabe dónde; sus manos temblorosas se detienen a centímetros, el corazón todavía le palpita, puede verlo contraerse, aunque pareciera algo imposible. No hay nada que pueda hacer en ese punto, toma un chuchillo que está clavado a la par de la cabeza, que solo agarra parte del collar; duda un momento, pero está determinado, y lo presiona contra su pecho, atravesándole el corazón; hubiera preferido clavárselo a él mismo. Javo queda inmóvil al fin, no hubo más quejidos desde él estuvo a su lado. Las lombrices empiezan a treparle los pies descalzos, no le importa, en ese momento no le importa nada en realidad, busca en el bolsillo su celular para llamar a su hermana, en la pantalla antes de desbloquearlo mira que tiene un correo, es de su misma cuenta, las palabras «ten cuidado con lo que haces» son lo único que está escrito. Algo lo agarra de la pierna, los dedos le punzan como si fueran atravesados, y todo se vuelve negro.

    Abre los ojos, mira el techo de su dormitorio, lo nota girar un poco; pero no puede prestarle mucha atención ya que el dolor vuelve a su pie. Siente como es tironeado, como sus dedos son rasgados. Grita, claro que grita, con la mayor fuerza que gritó en su vida; aquello lo suelta y se aleja. La habitación oscura oculta una sombra a los pies de la cama, se estira a la mesa de noche, las cosas caen de nuevo antes de que logre llegar al interruptor. La luz no es suficiente lo mismo, el brillo de unos ojos rompen la oscuridad en la que algo se esconde; se acerca despacio, hace un quejido que le suena a dientes filosos, le suena a hambre. Su voz temblorosa suelta una sola palabra, o una pregunta que ya conoce su respuesta: «¿Javo…?». El perro gruñe mientras se acerca a la luz, es cauteloso, como si la luz le lastimara, como si le lastimara más la mirada de su dueño, pero avanza. La lengua le gotea, su estómago se encoge. Está vacío. Él solo quiere comer, pero no hay comida en su plato hace días, no están los pedazos de carne cruda que siempre le dan. El dueño duerme hace mucho, esa persona viene, le habla al oído mientras le inyecta algo cuando está por despertarse; y luego se va, pero no deja comida para él.

    El aroma que desprenden los dedos de su dueño lo hipnotiza, primero los lamió para despertarle, después notó que tenían un sabor familiar.

  • La campana

    Mis padres se divorciaron, y nos fuimos con mamá a vivir en casa de la abuela. Trabajaba casi todo el día desde temprano, por lo que quedaría con ella la mayor parte del tiempo, excepto el que pasaba en el colegio. No la visitábamos muy seguido, solo para las ocasiones especiales como navidad o su cumpleaños, y alguna que otra vez que pedía que la vayamos a ver, aunque la mayoría de las veces mamá ponía excusas para no ir.

    Pasé toda la tarde acomodando las cosas y cuando se hizo de noche preferí irme a dormir temprano porque tenía que ir al colegio al otro día. Me desperté asustada y sentí que abuela me tomaba del hombro y me susurraba cosas al oído. Esa mano que me apretaba fuerte me había hecho tener una pesadilla en la que una sombra deslizaba su mano desde el hombro hasta mi pecho, y lo presionaba con fuerza, luego me comprimía tanto que me dolía todo el cuerpo. No entendía lo que me estaba diciendo porque hablaba muy bajo, y le pregunté qué era lo que quería, pero no respondió; solo se incorporó y sonrió. Se quedó inmóvil viéndome un momento y se fue caminando despacio, al salir cerró la puerta. No pude dormirme, no quería despertar a mamá porque tenía que entrar a trabajar en unas horas y después de todo pensé que sería sonámbula, mañana le preguntaría bien. Volví a dormir luego de estar un rato mirando el celular buscando cosas sobre el sonambulismo.

    Más tarde esa misma noche me despertó el sonido de una campana de cristal, antes cuando veníamos a visitarla recuerdo que esa campana siempre estaba guardada en un cajón con llave, una vez la pude ver porque estaba abierto, pero abuela lo cerró con fuerza, mientras todavía tenía mi mano en él; los dedos me cosquillearon ante el recuerdo. No pude volver a dormir, escuchaba pasos que iban y venían frente a la puerta, ya eran las cinco de la mañana, por lo que mamá ya se había ido al trabajo, así que tendría que ser la abuela, seguro que era sonámbula; algo también decía, pero nuevamente no lograba entender qué era. Pensé en levantarme, pero preferí quedarme en la cama.

    Cuando sonó la alarma, aunque ya estaba despierta hace rato, me puse el uniforme prolijamente acomodado en una silla en el frente de mi cama, bajé a la cocina donde me esperaba el desayuno. La abuela estaba sentada de espaldas y cuando me escuchó llegar, me acercó la taza con té y se dio la vuelta enseñándome una enorme sonrisa. Un rojo profundo contrastaba con la taza de una porcelana que rara vez se le daría a una niña, pero supongo que por eso mismo había una suerte de licencia al ser todas mujeres en la casa. Abuelo había muerto antes de que yo naciera, por lo que nunca lo conocí. Esa mañana hablamos muy bien. La forma en la que me sonreía me daba mucha tranquilidad en mi mundo que se desmoronaba sin siquiera saberlo.

    —Abuela, el té está fuerte…

    —El té se toma así Rosario, no es esa porquería industrial que tomaste seguramente antes. ¿No te acordás que ya te lo había hecho probar a este que es de las hebras del té?

    —No, seguro que era mucho más chica, antes de que me pueda acordar de esas cosas.

    —Sí Rosario, eras mucho más chica, pero esas cosas no podés olvidarte, porque sino le haces daño a la abuela -y me agarró de la mano que tenía sobre la mesa, lo hizo de una manera tan firme que el dolor de cuando me cerró el cajón volvió como si fuera él el que me la apretara- ¿vos no querés hacerle daño a la abuela, verdad?

    —No abuela, está rico lo mismo -y tiré de mi mano.

    Su sonrisa antes abundante se fue con la misma rapidez que con la que yo le retiré la mano. Se levantó de la silla que estaba prácticamente a la par mía, y se puso a ordenar la alacena.

    —Bueno Rosario… ¡ay Rosario…! Mañana te haré café con leche que sé que te gusta, pero es una lástima que no tomes el té que abuela te hace con amor…

    Me quedé en silencio un rato, y quizás fue por eso que recuerdo con total nitidez cada momento de esa mañana.

    —Estás segura Rosario, ¿no querés ser una señorita educada con gustos refinados a diferencia de la mayoría? Abuela te puede enseñar muchas cosas…

    —Bueno abu, lo pruebo unos días, ¿sí?

    —¡Ay! Que inteligente y bonita que es mi nieta. –y la sonrisa volvió a su rostro y la arrebató del mío, porque me agarró de un cachete y me lo presionó con fuerza.

    A la tarde mamá llegó y se fue a dormir directamente, no pude hablar con ella porque se encerró en su habitación y me dijo tras la puerta que hablaríamos mañana, que había tenido un mal día en el trabajo.

    Esa noche tuve la misma pesadilla, pero al despertar no estaba abuela a mí lado, lo que me despertó fue el sonido de la campaña de cristal que venía desde su habitación. La puerta estaba entreabierta, el uniforme que había dejado sobre la silla, había desaparecido, solo estaba el respaldo que miraba hacía mi cama, al revés de como lo había dejado, como si alguien hubiera estado sentado mirándome mientras dormía. Me levanté despacio, no era invierno todavía, pero el piso parecía más frío que de costumbre; una extraña sensación me hizo saltar a la cama, pero no había sentido nada realmente, solo era una desconfianza a caminar a la par en la habitación toda oscura. Me volví para encender la lámpara que tenía en la mesa de luz, pero no lo hacía; agarré entonces el celular para usarlo de linterna y al darme vuelta algo estaba en la silla, y no podía definir qué era, algo que contrastaba demasiado con la habitación que si bien estaba sin luz, no estaba oscura del todo. Me apresuré a desbloquearlo y se me cayó a la cama de lo nerviosa que estaba, al agarrarlo mis dedos dolieron otra vez, y lo solté de nuevo al no poder hacer fuerza con la mano. La linterna se activó de todas formas y al iluminar un poco pude ver que abuela salía de la pieza lentamente. Tomé el celular sin importarme el dolor y llamé a mamá y le conté lo que sucedió, le pedí que me viniera a buscar, pero no había respuesta del otro lado.

    —¡¿Mamá estás ahí?! -quería gritar, pero solo podía dejar salir una voz a la que solo podía seguir el llanto.

    —…

    —… Necesito que vengas, mamá… No quiero salir de la cama, pero tampoco quiero quedarme aquí…

    —Yo… mmm…

    Y sonó nuevamente la campana de cristal, pero a mi lado, en el vacío. Escuché mucho ruido en la llamada.

    —¡¿Mamá…?! Necesito que vengas… -y no pude contener más las ganas de llorar.

    —… Voy para ahí, se me había caído el celular… -y cortó.

    ¿Cuánto tiempo había pasado? solo pude notar como el día iba dejando entrar la luz de a poco en la habitación, las cosas que había tardado toda la tarde en ordenar, estaban la mayoría en el suelo, los cajones abiertos con la ropa colgando de ellos. Los espejos apuntaban hacia mi cama, al igual que la otra silla que estaba en la mesa que iba a usar para estudiar, los cuadernos abiertos con algo que parecían garabatos escritos en ellos.

    El celular se había quedado sin carga, la linterna activa todo el tiempo no era algo que prolonga su uso. Motivada por la luz del día y por el silencio había en la casa, me levanté y me puse el uniforme del colegio. Bajé descalza porque los zapatos y zapatillas estaban bajo la cama y dentro del ropero, y no tenía la menor intención de acercarme a ninguno de ellos. Corrí por el pasillo pasando por frente de la puerta de la pieza de abuela que estaba cerrada, y pude escuchar el sonido de la campana una vez más, mientras bajaba por las escaleras. La puerta de la calle estaba abierta, nunca me alegré tanto de ver una puerta abierta en mi vida, corrí hacia ella, pero una mano me agarró de hombro y solo pude gritar y cerrar los ojos. Intenté soltarme, pero los brazos me envolvían con fuerza y una voz que escuchaba a lo lejos me llamaba. Poco a poco se fue aclarando y dándome la tranquilidad de un calor conocido. Otra mano se apoyó en mi cabeza y la sentí también cálida. Al abrir los ojos era mamá la que me sostenía y papá me acariciaba. Se escuchó la campana por última vez, y pude sentir como mamá temblaba y la apreté con fuerzas. Me llevaron afuera y subí al auto, mamá se quedó conmigo. Papá subió las escaleras, en lo que mamá intentaba contener las lágrimas.

    —¿Qué pasa mamá?¿qué pasa con la abuela?

    —Nada Rosi, abuela quizás no esté muy bien, pero vos no te preocupes por eso.

    Papá salió rápido, metió su mano de igual forma en el pantalón para sacar su celular. Se le cayó dos veces en lo que intentaba usarlo, casi se le cae la tercera, pero lo atrapó en el aire, dejando caer en su lugar la campana, que se rompió al chocar con el piso. Mamá dejó de temblar y la pude ver sonreír por el espejo retrovisor. Escuche a papá hacer unas llamadas, después se sentó en el marco de la puerta a esperar a la ambulancia y a la policía.

  • La Sombra

    Estaba encerrado en la casa, ya había pasado una semana desde que dejó de caminar por ella, y se confinó directamente en el dormitorio. Había dejado la luz encendida de la sala, lo que permitía que algo claridad se filtrara a la pieza. De a ratos, la sombra pasaba por frente a la puerta, a veces se detenía en frente y todo queda completamente a oscuras, después se iba por la cocina y por el baño; como un ciclo que no tenía fin, pero que de a poco era más lento en el tiempo que estaba en cada lado. No podía alejar las sábanas que cubrían su rostro hasta la nariz, era el mejor escudo que había podido improvisar en el momento que notó ese movimiento, el cual sabía no tenía razón de ser, ya que tenía cerca del mes que estaba encerrado. La comida era un problema, ya casi no tenía, pero el baño interno le proporcionaba el agua necesaria para no morir de sed, aunque más de una vez lo pensó como una idea, mas la desesperación lo obligaba a hidratarse. Tenía que ser rápido para que lo que estaba afuera no notara su movimiento, por lo menos eso era lo que pensaba.

    Se volteó para intentar dormir, ya eran más de las tres de la mañana, y cuando estaba a punto de hacerlo, el sonido del picaporte lo despertó, se incorporó un poco, retirando la sábana que en ese momento le estaba cubriendo toda la cara, y vio el lento movimiento que liberaba el viciado aire de la pieza. La puerta se abrió y se detuvo, solo unos cuantos centímetros, quizás lo suficiente para espiar un poco -pensó-. El tiempo que pasó así pareció interminable, la espalda le dolía mucho por estar torcido, ya que se había quedado inmóvil; se dio cuenta de que empezaba a amanecer ya que la luz se hacía más fuerte cada vez. Sintió una respiración agitada -algo que después le parecería raro ya que estaba relativamente lejos de la puerta para poder sentir una respiración-, y pudo ver que la luz se hizo de pronto muy fuerte. El silencio reinó por unos minutos, podía ver como la oscuridad había dejado la mayoría de la habitación. No había nada, ni nadie en la puerta. Se incorporó un poco y no notó cambió, su determinación, empujada por el terror, le hizo acercarse para espiar por la apertura que podía traer la salvación o, bueno, lo que no quería -pero a veces deseaba-; cosa que en realidad ya no le importaba mucho, se había rendido ya tantas veces; pero este pequeño regalo, o esta pequeña treta, era lo suficientemente importante para que se arriesgara a tener esperanzas. Lentamente miró para un extremo y el otro, y no vio nada. Su mirada se detuvo en el espejo que estaba frente a la puerta, siempre lo usaba para controlar su ropa antes de salir, quizás fue la sorpresa de ver su pálido y huesudo rostro desnutrido, lo que no le hizo dar cuenta en el momento de que la habitación estaba en completa oscuridad; pero cuando lo notó y estaba por darse la vuelta, pudo ver que la sombra se corría del fondo, y sentir la respiración pesada ahora en su oído, junto con el aliento que erizó todo su cuerpo, dándole el impulso de abrir la puerta del todo para salir corriendo. Rompió la ventana, porque sabía que la puerta estaba cerrada con las múltiples cerraduras que la caracterizaban. Se cortó un poco los brazos, pero eso no le importaba, el sol en su piel le llenaba de una felicidad que había olvidado hace mucho tiempo. Los pasos en su espalda, pesados y veloces -más que pasos galope-, no le importaban; sabía que ya no le buscaban, y una leve tristeza le incomodó un segundo pensando a quién iban a buscar ahora con tanta prisa.

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