Etiqueta: Microrrelato

  • Guadaña

    La noche no era diferente a otras, pero de repente tenía el impulso de salir a la calle. Era como si algo lo llamara, aunque no había escuchado ningún rumor que así lo hiciera. Agarra las llaves, se ajusta los cordones de las zapatillas y se decide a salir. Al mismo tiempo algo también le dice que no lo haga, pero lo primero es más fuerte, lo jala desde afuera. La llave se traba en la puerta, como si eso otro también luchara para mantenerlo dentro, pero cede de igual forma. Al salir el viento lo golpea y algo le corta el rostro, pero no llega a darse cuenta; la tierra de la calle le da forma a la ráfaga que parece escapar en la esquina. Se arrepiente y quiere entrar pero no puede sentir nada ni moverse. La cabeza rueda hacia la calle y el cuerpo cae lentamente como si algo lo sujetara.

  • La prisión del rey

    El rey no podía salir de su palacio, más allá de que no había ninguna puerta que lo impidiera. Afuera la gente corría desesperada, la batalla que se libraba en las calles de la ciudad parecía no tener fin; algunos mataban sin piedad, otros corrían porque no querían -o no podían- pelear o defenderse. Las calles se teñían de sangre alrededor del palacio, quedando éste como inmutable ante tal espectáculo; las personas sabían que entrar en el palacio era lo peor que se podía hacer, pero igualmente alguna vez alguien se adentraba un poco, pero el solo hecho de pasar el límite definido por cuatro pilares que se podían ver a la distancia, ya era suficiente para que un mareo intenso los inunde, luego de ello seguía la sensación de muerte inminente. Una y otra vez sentían como sus cuellos se abrían, sus estómagos eran perforados, sus cabezas fisuradas; una y otra vez, a veces juntas. Ese era el motivo por el cual el rey era el único que podía estar en el palacio, gracias a una suerte de “bendición” en su coronación; algo que pasaba de rey a rey, por lo cual no era algo que se deseara, mayormente, sino que se imponía. Si por alguna fuerza de voluntad inquebrantable alguien llegaba a la sala del trono, el entrar ahí era lo último que realizaba, porque en ese preciso momento todos sus miedos se materializaban y era devorado por ellos. Ese quizás era el secreto del palacio, algo que ni el mismo rey llegaba a comprender por completo. En la sala posterior al trono se encontraba la sala del consejo, una habitación gigantesca, aunque solo el rey se encontraba en ella, en la pared opuesta se erguía un colosal espejo que hacía de intermediario entre los consejeros del rey, en ciertas ocasiones hasta parecía que el monarca se proyectara en la sala; pero eso era imposible, así como las personas no podían permanecer en el palacio, el rey no podía salir de él. En su corona tenía grabado internamente: “El trono es eterno, las calles no”.
  • El laberinto

    Cuando lo vio salir del laberinto soltó la dorada madeja y se apresuró a ir a su encuentro, los brazos tendidos para alcanzarle más rápido, no lo fueron tanto como la espada que se incrustó en su pecho. El dolor, la asfixia de la sangre; no le dejaron pronunciar palabra en lo que se derrumbaba, los ojos llenos de lágrimas y una sola pregunta eran la única fuerza que le quedaba en todo el cuerpo. Entre la borrosa imagen iluminada por la fogata, pudo ver la sombra de Teseo que se proyectaba en la pared, y dentro de ella, la figura del minotauro; lo cual solo dejó las últimas lágrimas desvaneciéndose con algo de alivio y tristeza.

  • El sacrificio

    Desde el altar de sacrificios la sangre goteaba lentamente, tan despacio que hasta parecía inmóvil; sin embargo, un hilo carmesí corría desde él, ante la mirada horrorizada de los rostros que recién comprendían lo que habían hecho…

  • Inmortal

    Inmortal

    Tú eres un ser inmortal, le dijo una voz imponente desde las alturas que le hizo resonar hasta los huesos; entonces se apresuró a tirarse al vacío. Pero tendría que haber esperado un poco, debido a que nunca pudo saber que su inmortalidad solo podría ser arrebatada por su propia mano.

  • Tom

    Tom

    En el rincón de mi pieza tengo una caja de cartón, hace unos días la recogí de la calle porque era grande y estaba pronto a mudarme; pero desde que la levanté pensé no debería haberlo hecho, algo en mí me decía que tenía que haberla dejado donde la encontré. Mi gato no la encontró interesante, y hasta creo que la evita, anoche no puede dejar de pensar en que pasaría si lo acerco a ella, por lo que hoy cuando me levanté lo primero que hice fue buscarlo para ponerlo dentro. Lo raro fue que no lo encontré en todo el departamento, me aseguré de que todo estuviera cerrado antes de irme a dormir, y como desde que tengo la caja no duerme conmigo no me extrañó que no esté en los pies de mi cama. Me pasé todo el día buscando y preguntado por el edificio, vivo en el noveno piso y no hay ningún edificio cercano, por lo que no se puede haber ido a otro, miré lo mismo desde el balcón sin mucha suerte -o quizás al revés- de no ver un lugar por dónde haya podido irse o caerse; lo mismo la puerta estaba cerrada, como mencioné antes, no había forma de que se vaya del departamento. Me quedé mirando minuciosamente la entrada y los alrededores del edificio, ya no tenía a donde buscarlo; cuando algo rozó mi pierna derecha, el susto fue tal que hasta podría haber saldado al vacío de forma inmediata si no fuera porque una cierta familiaridad me hizo quedarme en mi lugar y mirar hacia abajo. Era Tom, mi gato que estaba perdido, pero había algo en él que me empezó a dar un escalofrío en todo el cuerpo, y quizás definir “había” era algo incorrecto, porque lo que producía eso era algo que le faltaba […]

  • Elecciones

    Elecciones

    (Versión digital corregida del microrrelato de la foto. Lo escribí directamente en la máquina por lo que el controlar la cohesión y quitar las redundancias es más complicado -sin contar que los errores al digitar son más frecuentes-. Quizás al revés, pasando de la versión digital a la máquina, sería más sencillo el transcribir, pero le quita la emoción de escribir sin borradores)

    «Cuando miró por la ventana no entendía lo que se presentaba ante sus ojos, nada de lo que había vivido hasta ese momento le ayudaría en todo lo que tenía que hacer para que pueda lograr llegar a la casa de su novia. La gente corría sin control de un lado para otro, como si no hubiera forma de evitar lo que pasaba, en el cielo las nubes daban el telón perfecto para la noche, el atardecer era tan fuerte en su color fuego que cualquiera hubiera pensado que el mismo cielo se estaba incendiando. No podía esperar más en esa situación, todo lo que quería era saber que ella estaría a salvo junto a él, toda su vida había pensado que esa era su finalidad, que todo lo que había tenido que afrontar se resumía a tener la suficiente experiencia para poder enfrentar esas decisiones, un cúmulo de experiencias que por fin verían completada su razón de ser. Pero como se mencionó antes, nada de eso era realmente suficiente para poder tener la experiencia necesaria, esas cosas solo se aprenden con la vida.

    Dudó un rato más antes de decidirse a ir a la puerta, puesto que también sabía que no estaba del todo preparado para poder lograrlo, de eso era de lo único que estaba seguro. Confiando más en la buena suerte, y quizás un poco en un azar favorable, que puede parecer lo mismo, pero no lo es; emprendió el camino evadiendo el tumulto que batallaba en la calle.»

  • End loop

    Las cosas que pasaban por su cabeza en ese momento eran confusas, pensaba que tenía que saltar pese a su gran temor por las alturas. Miró de un lado a otro convencido de que alguien estaba dándole esa orden, pero en realidad no había escuchado nada, solo tenía la impresión que lo había hecho, como al despertar de un sueño y te das cuenta de que todo lo que acababa de pasar en frente de tus ojos no era cierto, que era una simple ilusión. Entonces miró detrás y tampoco había nadie, pero cuando volvió a ver al frente notó como se inclinaba sobre la baranda cayendo al vacío. Ese momento lo vivió lentamente, como si en realidad fuera cierto que en esos casos la vida se detiene un poco y da tiempo para poder recordar todo lo vivido o las posibilidades que tenía esa vida, una última oportunidad para poder aferrarse o hasta para predecir el futuro de lo que no fue. Así se encontró viéndose caer una y otra vez como algo inevitable, a lo que solo pudo responder cerrando los ojos. Después de ese breve parpadeo se encontró viendo a la puerta de la terraza y la intuición le hizo dar un paso adelante para caer a la seguridad de esas baldosas que eran ahora su salvación. Un poco aliviado y todavía con el corazón galopando, sintió un escalofrío recorrer su espalda por lo que miró detrás y se vio parado en la baranda nuevamente… Fue ahí cuando lo comprendió y volvió a cerrar los ojos pero esta vez antes poder abrirlos pudo sentir el ruido de los autos más cerca y a la gente gritando.

  • El último día (fragmento)

    El último día (fragmento)

    No supo nada más de lo que ocurriría ese día, sólo quería dormir, lo suficiente para que pueda olvidar todo lo que había hecho. Dejó la puerta abierta, aunque siempre la cerraba no se quería volver a levantar porque ya la sábana rozaba su piel, y le recordaba al calor de cuando su madre lo arropaba. Como para recordarla aún más, recogió las rodillas y encorvó la espalda. El sueño lo invadió como la oscuridad de la noche cuando muere el día, así, de la misma forma; durmió para siempre.

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